jueves, 24 de mayo de 2012

MEJOR EN V.O.

Hace poco un buen amigo me recomendó las bondades de una página web que me ayudó a titular este post. Hoy voy a hablar de cine y su lenguaje. No es mi intención escribir una diatriba cargada de demagogia contra las políticas educativas referidas al aprendizaje de lenguas extranjeras. No hace falta viajar mucho para comprender el lamentable estado de nuestro país en su conjunto en cuanto al uso de otros idiomas, fruto de esa cicatera línea educativa seguida por los siglos de los siglos, y que ahora, se trata de remediar a toda costa. Remamos una vez más a contracorriente, aunque muchos ni siquiera sean conscientes de ello porque la mayoría hemos crecido y hemos sido educados privándonos de una riqueza cultural muy valiosa, sobre todo en los tiempos que corren, dónde manejar bien un segundo idioma puede ser determinante para encontrar un empleo. Aunque valga aquello de "Más vale tarde que nunca".

Y es que el daño ya está hecho para varias generaciones que, como yo mismo, hasta hace pocos años, ven normal los lamentables doblajes que destrozan buenísimas películas. Lo entendí perfectamente cuando un joven profesor de Inglés nacido en Londres y que llevaba varios años viviendo en España, en una de sus clases, me contaba cuan extraño le resultaba ver algunas de sus películas y series favoritas dobladas al castellano. Recuerdo aquella conversación justo en el momento en que le comentaba lo bien que actuaban fulano y mengano, a lo que él me respondió, que cómo sabía yo con certeza si actuaban bien o mal, si sólo eran reales sus gestos y sus movimientos en la pantalla, que las voces en nada se parecían a las originales.

Y es que la voz es tan consustancial a una persona como su piel o como la mirada de sus ojos, e intentar suplantar la emoción que transmite un giro de voz en un susurro medido, en un grito aterrador o en un discurso silente y descarnado que el actor saca del alma, es imposible. Porque aunque se le parezca, nada tiene que ver la voz ronca y agria de Clint Eastwood con la de su habitual actor de doblaje, o la de Marlon Brando y su deje lacónico y cansado en El Padrino. O que me dicen de la espectacular presencia que es seña de identidad en la voz de Morgan Freeman, o en el curioso doblaje de Bruce Willis, de todos conocido, cuando en realidad su voz es mucho más aflautada e infantil. Por no citar ejemplos del cine clásico, dónde algunas voces dobladas, como ocurre en la memorable Las Uvas de La Ira, suenan ridículas. Y no sólo se pierde autenticidad en los doblajes de actores individuales, sino que existen muchas películas que debido a los acentos o a la mezcla de idiomas que en ellos se utilizan en algunas escenas, el doblaje destroza directamente la obra. Ejemplos de esto último son la francesa, Bienvenidos al Norte o Malditos Bastardos o la magnífica serie The Wire, donde la mayoría de actores son afroamericanos y hablan con un fuerte y marcado acento de difícil comprensión. A mi, me resulta mucho más fácil empatizar cuando escucho la voz original de los actores, es más natural. De la otra manera, en ocasiones aparecen escenas sobreactuadas y alejadas de su esencia, perdiéndose así multitud de detalles, por no hablar de la habitual suplantación en los diálogos de los chistes originales por los chascarrillos patrios sacados absolutamente de contexto.

Hagan un sencillo ejercicio mental. ¿Se imaginan ver una película de Jose Luis López Vázquez, de Pepe Isbert o de Gracita Morales doblada al inglés? ¿ No les resultaría extraño escuchar una voz francesa o alemana en vez de la de Hugo Silva, Jose Coronado o Mario Casas en alguna escena de acción? ¿Qué sería de Mar Adentro sin la voz de Javier Bardem o cómo doblar a Luis Tósar haciendo de Malamadre en Celda 211?

Desde que me he pasado a la Versión Original he dejado de ir al cine, con todo el dolor de mi corazón, salvo para ver alguna película española o de dibujos animados. Y es que, fuera de Madrid o Barcelona, la promoción de estrenos en V.O. en las salas de cine es prácticamente inexistente.

Háganse un favor, lo agradecerán y disfrutarán el doble. Mejor en V.O.







                                                               




domingo, 15 de abril de 2012

SOBRE REYES Y ELEFANTES

Que cualquier persona con posibles decida pegarse un capricho y en un viaje de placer, cómodo y muy a mano, se lance a la práctica de la popular caza de elefantes, es la cosa más respetable del mundo. Los hay que se van de viaje espacial y otros que ataviados de escafandra y aletas de buceo se sumergen en alguna profunda fosa abisal para darse el sí quiero. Cada uno con su libertad que disponga de su ocio como le plazca. Ahora bien, si el susodicho se trata de el Rey de España, la cosa cambia un poco. Y no por nada, sino porque la que es la primera Autoridad del país está obligado a guardar ciertas formas absolutamente en todo lo que hace y dice, ya sea en su vida pública o privada. En la pública, huelga decir nada, pero en la privada, al menos que lo disimule y se esconda bien. Porque luego pasa lo que pasa y el personal se encabrona, como ocurre ahora. Con lo que ha caído esa semana con la prima de riesgo y los rumores de intervención económica, no es lo más saludable para la valoración de una institución como la Monarquía, que el Rey se vaya de Safari a África.

Solo basta hacer un poco de memoria y con un repasito breve a nuestra historia de España, comprobamos como los Borbones son lo que son y por mucho que se hayan adaptado a los tiempos, lo llevan en la sangre, han ido heredando unos genes y un ADN no da para más. Vamos, que no hay más cera que la que arde y que la cabra tira al monte. Solo pensar en la herencia genética que haya podido dejar a lo largo de los años el felón de Fernando VII, ya es para sentirse desolado. Hoy no tengo duda, que si se realizara un referéndum, se instauraba a partir de mañana la III República Española y es que, cuando uno coge con reverencial respeto y se lee el articulo 14 de la Constitución, que proclama la igualdad de todos los españoles ante la ley y más adelante atónito y estupefacto descubre con asombro como la misma Constitución consagra la inviolabilidad y la no responsabilidad del Rey, uno se pregunta sobre todo lo que ha aprendido en la Facultad y pone en tela de juicio conceptos como democracia o Estado de Derecho. ¿ Se imaginan si el incidente con los elefantes le ocurre al Presidente de una Comunidad Autónoma ? Lo crucifican ipso facto.

Admito que la Monarquía desde la instauración de la democracia ha podido ser un instrumento importante para el desarrollo de España, que en ámbito de la Relaciones Internacionales y en el marco de los Convenios Económicos firmados tanto por nuestras empresas como por la propia Administración ha podido jugar un papel fundamental. Pero ya está. Para lo demás, no vale para nada. El Rey reina pero no gobierna, es decir, es un cero a la izquierda. Otras grandes naciones son ejemplo de cómo transitar por la historia sin Reyes ni familias consortes y no quiebran sus economías ni sufren de crisis existenciales. Suponen un gasto que por mucho que digan, no compensa los posibles beneficios que en teoría genera con su asistencia a Cumbres Internacionales y demás reuniones que de poco sirven. Yo hacía de ellos como una especie de Duquesa de Alba, que conserve sus títulos nobiliarios, que se les repetasen ciertas prebendas y se le mandara de vez en cuando a alguna Reunión Internacional a hacerse fotillos y tal.

Y que conste que el propio Rey, por el simple hecho de ser persona, no tiene culpa de haber nacido dónde ha nacido, de haber adquirido la condición que actualmente tiene, lo podía haber hecho en cualquier otro lugar. Antes de nacer nadie pregunta, ni le dan a elegir la familia que le tocará en suerte para el resto de la vida. Cosas del azar. Pero ojo, la Familia Real está ahí puesta porque el pueblo le dió legitimidad a través de los políticos que nos representan. Y les seguimos votando para eso, para que trabajen y hagan algo al respecto.

 

 

lunes, 2 de abril de 2012

PRIMERAS INTENCIONES


            Siempre me ha gustado, por lo recurrente para muchos momentos de la vida, acudir a pequeñas moralejas o refranes de antiguo que con poco transmiten mucho. Metáforas o símiles  que encierran en pocas palabras una inmensa lección de sabiduría. De entre ellas, aquella de que somos como una gota de agua en un basto océano o la que compara nuestra existencia medida en tiempo, a una estrella fugaz que en alguna noche de verano pasa delante de nuestros ojos en escasos segundos, me parecen de las más sugerentes. Pensar en esa pequeñez, insignificante y diminuta, me tranquiliza a la vez que relativiza todos mis problemas de inmediato.

            Y es que el egoísmo es deporte consustancial a la naturaleza humana y pasamos por la vida, en muchas ocasiones, alardeando e investidos de unos aires de grandeza que nos impide ver lo importante. En el conjunto de la historia de la humanidad no seremos más que eso, un suspiro imperceptible, un chasquido de dedos sin eco ni resonancia, un parpadeo rápido e insonoro, como el gesto de tirar un beso al aire que se pierde en la suave brisa. ¿Por qué entonces, ese ego incombustible, ese agobio permanente, ese aparentar hipócrita y desmedido? En ocasiones acudo a esto para sentir un poco de alivio y entender cuan imperfectos somos.

            Pensaba sobre qué escribir en este primer artículo y se me ha ocurrido empezar así, filosofando un poco, acudiendo a  la última ratio de la existencia para justificar precisamente mi ego. Toda creación, ya sea escribir, pintar, esculpir o crear cualquier cosa, nace da la necesidad de verse proyectado en lo que se crea. Dicen que hay dos maneras de pasar por la vida: una es limitándose a dormir, comer, trabajar y procurar el modo de tener cubiertas nuestras necesidades más primarias, sin preguntarse mucho por el por qué y el para qué de las cosas. El otro, que es algo más difícil, intenta mirar más allá, con ojos curiosos intentando comprender lo que sucede a nuestro alrededor, buscando respuestas a este maravilloso regalo que es la vida, a la que llegamos ajenos a nuestra voluntad y sin tocar ninguna puerta. Propongo, pues, viajar mientras estemos aquí, intensamente y en la medida de nuestras posibilidades, disfrutar lo que podamos, para llegar al final satisfechos con lo dejado en el camino.