domingo, 15 de abril de 2012

SOBRE REYES Y ELEFANTES

Que cualquier persona con posibles decida pegarse un capricho y en un viaje de placer, cómodo y muy a mano, se lance a la práctica de la popular caza de elefantes, es la cosa más respetable del mundo. Los hay que se van de viaje espacial y otros que ataviados de escafandra y aletas de buceo se sumergen en alguna profunda fosa abisal para darse el sí quiero. Cada uno con su libertad que disponga de su ocio como le plazca. Ahora bien, si el susodicho se trata de el Rey de España, la cosa cambia un poco. Y no por nada, sino porque la que es la primera Autoridad del país está obligado a guardar ciertas formas absolutamente en todo lo que hace y dice, ya sea en su vida pública o privada. En la pública, huelga decir nada, pero en la privada, al menos que lo disimule y se esconda bien. Porque luego pasa lo que pasa y el personal se encabrona, como ocurre ahora. Con lo que ha caído esa semana con la prima de riesgo y los rumores de intervención económica, no es lo más saludable para la valoración de una institución como la Monarquía, que el Rey se vaya de Safari a África.

Solo basta hacer un poco de memoria y con un repasito breve a nuestra historia de España, comprobamos como los Borbones son lo que son y por mucho que se hayan adaptado a los tiempos, lo llevan en la sangre, han ido heredando unos genes y un ADN no da para más. Vamos, que no hay más cera que la que arde y que la cabra tira al monte. Solo pensar en la herencia genética que haya podido dejar a lo largo de los años el felón de Fernando VII, ya es para sentirse desolado. Hoy no tengo duda, que si se realizara un referéndum, se instauraba a partir de mañana la III República Española y es que, cuando uno coge con reverencial respeto y se lee el articulo 14 de la Constitución, que proclama la igualdad de todos los españoles ante la ley y más adelante atónito y estupefacto descubre con asombro como la misma Constitución consagra la inviolabilidad y la no responsabilidad del Rey, uno se pregunta sobre todo lo que ha aprendido en la Facultad y pone en tela de juicio conceptos como democracia o Estado de Derecho. ¿ Se imaginan si el incidente con los elefantes le ocurre al Presidente de una Comunidad Autónoma ? Lo crucifican ipso facto.

Admito que la Monarquía desde la instauración de la democracia ha podido ser un instrumento importante para el desarrollo de España, que en ámbito de la Relaciones Internacionales y en el marco de los Convenios Económicos firmados tanto por nuestras empresas como por la propia Administración ha podido jugar un papel fundamental. Pero ya está. Para lo demás, no vale para nada. El Rey reina pero no gobierna, es decir, es un cero a la izquierda. Otras grandes naciones son ejemplo de cómo transitar por la historia sin Reyes ni familias consortes y no quiebran sus economías ni sufren de crisis existenciales. Suponen un gasto que por mucho que digan, no compensa los posibles beneficios que en teoría genera con su asistencia a Cumbres Internacionales y demás reuniones que de poco sirven. Yo hacía de ellos como una especie de Duquesa de Alba, que conserve sus títulos nobiliarios, que se les repetasen ciertas prebendas y se le mandara de vez en cuando a alguna Reunión Internacional a hacerse fotillos y tal.

Y que conste que el propio Rey, por el simple hecho de ser persona, no tiene culpa de haber nacido dónde ha nacido, de haber adquirido la condición que actualmente tiene, lo podía haber hecho en cualquier otro lugar. Antes de nacer nadie pregunta, ni le dan a elegir la familia que le tocará en suerte para el resto de la vida. Cosas del azar. Pero ojo, la Familia Real está ahí puesta porque el pueblo le dió legitimidad a través de los políticos que nos representan. Y les seguimos votando para eso, para que trabajen y hagan algo al respecto.

 

 

lunes, 2 de abril de 2012

PRIMERAS INTENCIONES


            Siempre me ha gustado, por lo recurrente para muchos momentos de la vida, acudir a pequeñas moralejas o refranes de antiguo que con poco transmiten mucho. Metáforas o símiles  que encierran en pocas palabras una inmensa lección de sabiduría. De entre ellas, aquella de que somos como una gota de agua en un basto océano o la que compara nuestra existencia medida en tiempo, a una estrella fugaz que en alguna noche de verano pasa delante de nuestros ojos en escasos segundos, me parecen de las más sugerentes. Pensar en esa pequeñez, insignificante y diminuta, me tranquiliza a la vez que relativiza todos mis problemas de inmediato.

            Y es que el egoísmo es deporte consustancial a la naturaleza humana y pasamos por la vida, en muchas ocasiones, alardeando e investidos de unos aires de grandeza que nos impide ver lo importante. En el conjunto de la historia de la humanidad no seremos más que eso, un suspiro imperceptible, un chasquido de dedos sin eco ni resonancia, un parpadeo rápido e insonoro, como el gesto de tirar un beso al aire que se pierde en la suave brisa. ¿Por qué entonces, ese ego incombustible, ese agobio permanente, ese aparentar hipócrita y desmedido? En ocasiones acudo a esto para sentir un poco de alivio y entender cuan imperfectos somos.

            Pensaba sobre qué escribir en este primer artículo y se me ha ocurrido empezar así, filosofando un poco, acudiendo a  la última ratio de la existencia para justificar precisamente mi ego. Toda creación, ya sea escribir, pintar, esculpir o crear cualquier cosa, nace da la necesidad de verse proyectado en lo que se crea. Dicen que hay dos maneras de pasar por la vida: una es limitándose a dormir, comer, trabajar y procurar el modo de tener cubiertas nuestras necesidades más primarias, sin preguntarse mucho por el por qué y el para qué de las cosas. El otro, que es algo más difícil, intenta mirar más allá, con ojos curiosos intentando comprender lo que sucede a nuestro alrededor, buscando respuestas a este maravilloso regalo que es la vida, a la que llegamos ajenos a nuestra voluntad y sin tocar ninguna puerta. Propongo, pues, viajar mientras estemos aquí, intensamente y en la medida de nuestras posibilidades, disfrutar lo que podamos, para llegar al final satisfechos con lo dejado en el camino.